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sábado 13 de agosto de 2011

La excursión.






El otro día, revolviendo papeles viejos, cayó en mis manos
una fotografía de mi época de estudiante, cuando cursaba el último año de la
escuela superior. La foto la tomamos durante la fiesta de fin de año, y entre el
grupo de docentes estaba ella, Susana Alcorta, nuestra profesora de Historia y
Arte. Y al verla, fue inevitable recordar la excursión que habíamos hecho ese
año, y que introdujo de pleno a un grupo de adolescentes en el mundo de los
adultos. ¡Que increíble! A pesar del tiempo transcurrido, la verga aún se me
endurece cuando pienso en esa inolvidable experiencia.



Recuerdo que todo empezó un lunes, cuando al finalizar la
clase la Srta. Alcorta nos comunicó que la semana siguiente, como parte del tema
que estábamos estudiando en ese momento en el curso, íbamos a ir de excursión al
Museo de Arte Contemporáneo. Por supuesto que a nosotros, un grupo de
adolescentes con una edad promedio de 17 años, la noticia nos sonó como la
garantía de una mañana completamente aburrida que habríamos de pasar custodiados
por esa agria mujer. Obviamente protestamos, pero ella torció la boca poniendo
ese eterno gesto suyo de desagrado, y quemándonos con la mirada nos ordenó que
guardásemos silencio.



Entre la Srta. Alcorta y nosotros había una guerra sorda de
desafíos y enfrentamientos, que generaban rencores en ambos bandos. Francamente,
los contrincantes parecían irreconciliables: por un lado, un atajo de veintidós
adolescentes con todas las hormonas revolucionadas, dispuestos a llevarse el
mundo por delante; y por el otro, una mujer de treinta y pico, avinagrada, con
un profundo desprecio por esas minibestias con las que debía lidiar cada semana.
A nosotros ella tampoco nos despertaba ninguna simpatía, y creo que su aspecto
tenía mucho que ver en el asunto: el pelo negro siempre peinado en un rodete
tirante; los ojos escondidos por un par de anteojos de carey, que además
desdibujaban unas facciones agradables; el torso siempre oculto por amplios
sacos; las piernas cubiertas por polleras hasta la rodilla, que apenas dejaban
ver unas buenas pantorrillas. Claro que a un hombre adulto esos detalles no le
importan tanto, y puede olfatear a la mujer que se esconde debajo de la ropa.
Pero a los 17 años, lo único que interesa son un par visible de tetas, mientras
más grandes mejor, un buen culo, y unas piernas largas que prometan abrirse
fácilmente a la hora de coger.



El bendito día de la excursión llegó, y a las 8:30 de la
mañana nos subieron en un micro muy cómodo para viajes de larga distancia, de
esos que tienen la cabina de los pasajeros en un piso alto, apartada de la
cabina del conductor.



El viaje de ida fue relativamente tranquilo, con algunos
griteríos y risotadas que la Srta. Alcorta se ocupaba rápidamente de acallar.
Finalmente llegamos al Museo, y antes de bajar del micro la mujer nos advirtió
sobre las consecuencias ante cualquier problema de conducta. Sus sermones
tuvieron resultado, porque en el fondo le temíamos a su carácter despiadado. Y
todo habría estado de maravillas sino hubiera sido por un tonto incidente que
ocurrió casi al final de la excursión: un empujón de uno de mis compañeros a
otro terminó con el golpe accidental a una escultura, provocando la caída y
consecuente rotura de la pieza de arte.



Enmudecimos aterrados. Imaginábamos consecuencias terribles
para el colegio, y ni hablar de lo que le pasaría a los causantes de la
desgracia. El evento hizo venir hasta el Director del Museo, pero nosotros no
pudimos saber mucho más porque de inmediato nos mandaron de vuelta al micro.
Mucho tiempo después supimos que en realidad lo que se había dañado era una
réplica, puesta en lugar de la escultura original justamente para preservarla de
esos accidentes. Pero en ese momento desconocíamos esto, y aunque algunos
alardearan sobre su aparente tranquilidad, todos temblábamos pensando en las
derivaciones del hecho . . . y en la ira de la Srta. Alcorta.



Por fin, luego de casi una hora de charla con el Director del
Museo, la vimos salir del edificio. Subió al micro, le dio indicaciones al
chofer para que nos llevara de regreso al colegio, y el transporte se puso en
marcha. Después la vimos aparecer en la cabina de pasajeros, y los murmullos se
acallaron completamente.



Despacio, con premeditada calma caminó entre las filas de
asientos, hasta que plantándose en el medio del pasillo comenzó a lanzar una
andanada de reprimendas entre las que no escaseaban los insultos hacia nuestras
personas. Escuchábamos en silencio y con la cabeza gacha, sabedores de que no
teníamos muchos argumentos a nuestro favor y que lo mejor era soportar la
tormenta en silencio. Pero evidentemente no todos pensaban así, porque entre
grito y grito se escuchó un chistido reclamando silencio seguida de un "¡Mal
cogida!" que para desgracia del bocón que lo había dicho, se entendió
clarísimo.



No sé los demás. Yo recuerdo que un escalofrío recorrió mi
espalda, y mi mirada se clavó en el suelo. Por la voz supe que el irresponsable
que había proferido la guasada era Becker, un alemán que tenía un año más que el
resto. Era un rubio grandote de ojos azules, alto y dueño de unas espaldas
anchas y unas manazas enormes.



Miré de soslayo la cara de la Srta. Alcorta, y recuerdo sus
ojos brillantes por la furia, su mandíbula apretada, sus manos crispadas.
Evidentemente ella también había reconocido al deslenguado, porque sin titubear
caminó hasta pararse frente a Becker y lo encaró.



"Póngase de pie" le ordenó tranquilamente. Después,
con voz pausada le preguntó: "¿Cómo dijo?".



Atemorizado, consciente de que su estúpida bravuconada podía
costarle la expulsión, Becker balbuceó una negativa.



"¡¡Yo no fui!! Yo no dije nada!!".



"Ah! Encima cobarde!" ¡Pero es un hombre, o qué! Se atreve
a gritar escondido, pero no puede hacerle frente a una mujer. ¿También se va a
poner a llorar la mariquita?".



El alemán se puso rojo, y se mordía los labios. Estaba claro
que ella disfrutaba humillándolo, y que lo despedazaría frente a sus compañeros
antes de acabar con él. Después, en tono fuerte y claro agregó:



"Además ¿Qué puede saber un mocoso de mierda, un cobardón,
un mariconcito como usted sobre coger, eh?".



Ninguno de nosotros podía creer lo que acababa de oír. Jamás
esperamos escuchar semejantes palabras de boca de la Srta. Alcorta, y tampoco
ver como Becker, uno de los "pesados" del curso, era pisoteado de esa manera.
Pero parece que la chuceada fue demasiado para el alemán, porque sin poder
contener su lengua le dijo:



"Más que usted".



La cara de la mujer se transfiguró. Curiosamente, sus
mandíbulas se aflojaron y la boca perdió ese rictus de furia y desagrado. Se
mantuvo callada por unos instantes, y había tal silencio que escuchábamos
claramente el ronroneo del motor del micro. Después sonrió, algo que nunca
hacía, y hablando en un tono bajo, casi sensual, le dijo:



"¿Estás seguro?".



Entonces la vimos llevarse las manos al rodete, y abriéndose
la hebilla soltó el pelo negro que le cayó como una cascada sobre los hombros y
la espalda. Después se sacó los lentes, descubriendo sus bonitas facciones. Y
finalmente se quitó el amplio saco, dejando ver una blusa ajustada que destacaba
unos pechos firmes y una cintura fina.



De repente, y ante nuestros ojos, la agria profesora se había
convertido en una hembra deseable, logrando que la viéramos como nunca antes lo
habíamos hecho.



Se acercó hasta pararse pegada al sorprendido Becker,
rozándole el pecho con sus pezones, y después de preguntarle nuevamente "¿Estás
seguro?" le apoyó una mano en la nuca y le dio un beso de lengua
impresionante.



Nadie podía creer lo que veía. Y menos cuando apoyó la otra
mano en el paquete del chico y empezó a apretarle la verga por encima del
pantalón.



La sorpresa le duró poco al alemán, y al cabo de unos
segundos sus manazas se posaron el culo de la Srta. Alcorta mientras retribuía
con ganas el ardiente beso. Adolescente al fin, su verga respondió rápidamente
al estímulo, y la protuberancia de su entrepierna delataba una bruta erección.



Todavía estupefactos, oímos decir a la profesora "A ver
que tenemos por aquí", y después de eso vimos como manoteaba en el interior
del pantalón del chico y sacaba una tranca respetable, totalmente endurecida.



Creo que eso nos hizo reaccionar a todos, y mientras algunos
cerraban las cortinas del ómnibus el resto se acercó al dúo con las vergas en la
mano, totalmente dispuestos a participar en la fiesta. Y ella, convertida en la
reina del evento, en el objeto del deseo, no dudó en aceptar el papel de maestra
del sexo de ese grupo de cuasi hombres completamente alzados.



En un abrir y cerrar de ojos volaron la pollera y las bragas,
y poco después la gruesa tranca del alemán se introducía desde atrás en el
húmedo coño de la Srta. Alcorta, que aferrada al respaldo de un asiento lo
alentaba para que le enterrara la polla hasta la raíz.



Extasiado, el chico hizo lo que se le pedía. Lo oímos gemir
de placer, y tomando a la mujer de las caderas comenzó con un veloz mete y saca.
Pero para su infortunio no pudo disfrutar mucho del momento, porque la ansiedad
propia de la edad lo llevó a correrse en unos pocos minutos.



Urgido por los demás el alemán sacó su verga babeante de la
cálida raja, y rápidamente otro de los alumnos tomó su lugar iniciando el
rítmico movimiento de pelvis contra las nalgas de la Srta. Alcorta.



Uno a uno fuimos pasando por esa cueva deliciosa, inundándola
con nuestra lefa espesa. Recuerdo que cuando llegó mi turno esa concha caliente
estaba tan llena de la leche de los muchachos y de sus propios jugos que tuve la
sensación de haber metido la polla en un frasco de mermelada tibia. Pero ese
dilatado orificio no era el único que recibía las trancas de los adolescentes.
Muchos de mis compañeros hacían equilibrio en los asientos y se turnaban para
alojar sus miembros enhiestos en la boca de la Srta. Alcorta, en donde también
depositaban su guasca. Nadie quedó sin su cuota de placer. Como Ramírez, el que
"jugaba para los dos bandos", que con la excusa de lamerle el conejo a la
profesora aprovechaba para chupetear las vergas que taladraban el coño de la
mujer y recoger con su lengua la lefa que escurría por los labios vaginales.



Durante todo el tiempo que duró la fenomenal cogida colectiva
la Srta. Alcorta se la pasó gimiendo de placer, gozando como una perra ante los
ininterrumpidos embates de las vergas jóvenes dentro de su pegoteada raja.
Además, todo su cuerpo era objeto de anhelantes manoseos, en especial los
grandes pechos, que recibieron salivosos chupeteos y suaves mordiscos. Pero en
ningún momento ella perdió el dominio de la situación, y cada vez que lo creía
conveniente le hacía alguna observación al follador de turno demostrando un
conocimiento en las lides del sexo que jamás hubiésemos supuesto. Decía cosas
como:



"¡Más adentro, más adentro!".



"Con cuidado!. No tan fuerte!".



"Más despacio, no te apresures.".



O a veces:



"Sí! Así bebé, muy bien!".



Para mi orgullo de ese momento, cuando me corrí recibí un "¡Por
Dios chiquito, cuanta leche!" que me valió las palmadas de felicitación de
mis compañeros.



Hubiéramos seguido por horas, pero de repente alguien dijo "¡Estamos
llegando! " y rápidamente tuvimos que poner fin a la espectacular orgía.
Terminamos de limpiar el piso y los asientos justo cuando el micro se detenía
frente a la puerta de la escuela, y logramos eliminar todos los rastros de la
fiestita . . . salvo ese persistente olor a guasca que había quedado en el aire.



Por supuesto que ese fue nuestro secreto, y nunca nadie -
aparte de nosotros - supo que había pasado en ese viaje de regreso al colegio.



A partir de ese día, hubo unos cuantos cambios. Para deleite
de los profesores y envidia mal disimulada de las profesoras, la avinagrada
docente de Historia y Arte se metamorfoseó dejando aflorar la gata caliente que
tenía escondida: el apretado rodete fue suplantado por la melena ondeada; los
pesados anteojos de carey fueron reemplazados por lentes de contacto; los
generosos pechos pasaron a ser exhibidos con blusas escotadas; y las estilizadas
piernas empezaron a lucirse con minifaldas infartantes. Y nosotros, los alumnos
del último año de la Srta. Alcorta, nos volvimos un grupo aplicado que estudiaba
y aprobaba sus materias sin necesidad de presiones. Porque ahora la profesora
nos manejaba con el arma más poderosa que tienen las mujeres: el coño. Bastaba
con que ella cruzara y descruzara las piernas, al mejor estilo Sharon Stone en
Basic Instinct, para que obedeciéramos como mansos corderos.



Después, por esas cosas de la vida, dejamos de verla.
Nosotros nos graduamos y ella cambió de colegio (para desgracia de los
siguientes alumnos), y le perdimos el rastro. Pero donde sea que esté, Srta.
Alcorta, sepa que en las reuniones de graduados de esa promoción, usted es la
única profesora que todos los muchachos recordamos muy bien . . . con las dos
cabezas . . .