
Pues eso. Estoy cabreada. Hasta escrita, esta palabra es soez y malsonante, pero sin duda es la que mejor expresa mi estado de ánimo actual. El finde pasado una amiga celebró su aniversario, un bonito número que no revelaré, aunque ganas me sobran. Su marido le organizó un fiesta sorpresa y reunió a "los de siempre" en un bonito y lujoso restaurante. Entre las chicas y yo le hicimos un regalo que, ilusas, creímos ideal. Pijo, caro y de marca. Pues tampoco le ha gustado. No escarmentamos, el año pasado tampoco le fue bien el presente en cuestión. Algunos podrán pensar que menudas amigas somos que no conocemos los gustos de la homenajeada! Pero el caso es que me doy cuenta de que hay personas que casi siempre se sienten insatisfechas. Da igual cuánto te esfuerces. Da lo mismo cuánto te rompas la cabeza pensando qué es lo mejor para ella. No acertarás. Pareciera que el simple hecho de poder manifestar contrario a lo recibido fuera más divertido que aceptar con alegría el detalle ofrendado. O lo que es lo mismo: quejarse es mejor que aceptar y agradecer. ¿No dicen que el detalle es lo que cuenta? Pues resulta que no. ¡Será que no tengo yo en casa una auténtica colección de colonias y perfumes que jamás me pondré!¡ O un horrible bolso que no combina con nada! ¡ O algún cachivache como una bonita fuente para fundir chocolate que no usaré! Pero nunca se me ha pasado por la cabeza, herir los sentimientos de aquellos que con una sonrisa en el rostro me han entregado su regalo cual preciado tesoro. Me he esforzado y he manifestado la mayor de las sorpresas por la idea "original", "divertida" y "oportuna" que les ha impulsado a regalarme "aquello" y no lo "otro". Porque pienso que aunque no han acertado en la diana, se han molestado en pensar, ir y comprar. Tres cosas aparentemente fáciles. Pero tal como andamos de neuronas sanas, como está el parking y los precios exorbitados en los comercios, el mejor regalo, es que se hayan molestado en hacerlo, leche!